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miércoles, 27 de abril de 2011

Soñar no cuesta nada

Los días pasaron, y la rutina te envuelve como si nada hubiera cambiado. Como si no hubiera viajado más de 12 horas para encontrarme con idiomas y calles desconocidos.
La verdad pareciera ser que nada cambia. Todo sigue igual (de bien). Amigos, trabajo, facu, convivencia.
Pero en los recovecos.... oculto, listo para caerte y dar un zarpazo, está el recuerdo. De calles, olores, colores y un dejo de tacto que parece volver cuando menos lo esperás.

Eso me pasa con Roma, con París.
Mirando el nuevo trailer de la peli de Woody Allen, se me aparecieron las caminatas lentas y abrigadas con el fresco del río en la cara. La mirada poco atenta en la plaza de la Vendome. Y quise volver con solo un chasquido.

Ayer en un ataque de nostalgia me puse a escuchar a Pavarotti. Es imposible encontrar mejor avión que ése. Nessun dorma... y ya estaba caminando por las cuadras de Giovani Vitelleschi, mirando extrañada el Altar de la Patria.

Es que intento no olvidarme de todo lo que vi. Me pone mal pensar que en unos meses no me voy a acordar ni el nombre de la plaza de la vuelta.

Pero voy a volver. Sí o sí. Antes de morirme voy devuelta a Roma, y tiro mi moneda en la Fontana.

viernes, 18 de marzo de 2011

La vida en Roma de Juanelo y Sole

Estos días en Roma, nos dedicamos a caminar, a mironear recovecos, a comer y saborear los platos. Y a empaparnos. Sí, Roma decidió que a nosotros nos venía mejor la lluvia, así que tuvimos dos días enteros de lluvia. A veces tranquila, a veces garúa, y otras torrencial.
Cómo eso igual no nos desanimó, salimos a patear con nuestras argentinas zapatillas y a verle la cara a los romanos cuando les habláramos en cocoliche.
Tengo muchas cosas para contar, tantas que no todas van a ser escritas ahora... sino no voy a tener nada para contarles a la vuelta. Así que voy a comentarles algunas impresiones de esta bella ciudad:
- Con Juan todavía no logramos entender cómo toman el café los tanos. Dos cafe latte nos confirmaron que les gusta tomarlo medio frío. El macchiatto resultó ser un shot de café extra fuerte, nada que ver con un cortado. Más bien es un levata muertos. Si descubro cuál es el café que más se parezca a un café con leche caliente, se los haré saber.
- Otra cosa que me llamó la atención, es que mientras desayunábamos la gente hablaba por teléfono, se tomaba el café y.... jugaba a las tragamonedas!!!! Qué onda?? Es como si en Café Martínez, mientras me mando una torta rogel, meto unas fichas y pierdo unos pesitos. Muy loco.
- En la calle de Roma lo que más se escucha no es los gritos de los tanos mientras hablan, sino las ambulancias. Alguna que otra vez un patrullero. Tienen unas calles tan angostas y sin vereda, que se la deben pegar bastante seguido. Igual manejan muy bien, y tienen unos autazos.
- Hoy por la mañana fuimos a un parque que se llama Villa Borghese. Confirmamos que el tan conocido aspecto mafioso de los italianos, se ha trasladado a Roma y a los patos que habitan en el lago del lugar. Vi como entre tres cagaban a picotazos a uno. Solo con la intervenciçon de una gaviota lograron separarlos.

Les cuento que los italianos son muy amables, hemos improvisado a lo loco en inglés, español o un intento de italiano y siempre nos entienden y ayudan. las últimas noches fuimos a comer a un restoran que queda cerca, La Soffita Renovatio. Está lleno de gente de Roma, por lo que parece ser bueno. A mí me convenció, y realmente comimos de diez. Yo volví a tomar cerveza después de 5 años, y estaba increíble. No paramos de comer pizza y pasta. Son tan ricas que viviría a esa dieta.
Roma es un paraíso para un celíaco... la verdad que me siento muy a gusto.

En cuanto a lo mejor de todo.... los lugares que vimos. La lluvia nos mojó y resfrió, pero no hizo que dejáramos de caminar. Estuvimos en la Fontana di Trevi, en el Panteón, entramos a la Basílica de San Pedro y sus catacumbas, vimos cada estatua con atención. Las Iglesias... debo confesar que hace mucho que no entraba tanto en iglesias. Algunas más austeras, otras góticas, otras recargadísimas... todas tenían algo increíble para mostrar. Me di cuenta que de las imágenes de vírgenes, las que más me gustan son las bizantinas (qué específico!). Conocí Piazza Spagna, y desfilé jejeje. Pero lo que me enamoró, es que los romanos no tienen lugar para jardines, entonces se hacen en sus terrazas y balcones, un mundo de plantas y flores. Limosneros, naranjos, violetas de los alpes. Nada los amedrenta. Eso es realmente hermoso. Pagaría lo que sea por vivir en Roma y tener mi terraza jardín.
Igualmente, el premio mayor se lo ganó el día de ayer, el Coliseo, el Palatino y el Foro Romano. Nos llovió todo el día. Caminamos 9 horas seguidas sin casi almorzar, y sin embargo teníamos ganas de ver más. Pensar que estábamos en los lugares donde había estado Julio César, otros que eran del 500 AC es realmente imposible de creer. Me gustó meterme en escaleras o pasajes y pensar que nunca nadie los había descubierto. Pisos hermosos enteros hechos a venecitas. No puedo describir lo que fue eso.
Culminamos parte del paseo tomando un café en una cafetería arriba del altar de la patria, con una vista de toda Roma antigua. Tuvimos suerte a pesar de la lluvia, ya que ayer era el día de la unidad italiana y fue feriado, así que nos ahorramos varias entradas porque eran abiertas al público en ocasión del festejo.

Quisiera contarles más o escribri más ordenado, pero el blog no me deja copiar y pegar... Hoy recorrimos los lugares que nos faltaban y nos dedicamos a tirarnos en un parque a descansar un poco nuestras doloridas patas.
La próxima crónica, supongo que será desde Florencia.
Ciao bambinos!

martes, 15 de marzo de 2011

Datos interesantes


En Roma cada baldoza, marmol con inscripción o pared, tiene la siguiente sigla: SPQR. Me devané los sesos para saber qué era. Obvio que no lo logré. La respuesta me la dio Wikipedia hace unos minutos:

Senatvs Popvlvsqve Romanvs, lo que quiere decir "El Senado y el Pueblo Romano"


También intentamos descubrimos que hay una nueva visita arqueológica para visitar cerca del Foro Romano: la cárcel donde estuvieron presos los apóstoles Pablo y Pedro. Los romanos sí que son grosos

Viaje y llegada a Roma

Me parece que voy tener que seleccionar qué escribir. No pasamos ni un día en Roma y ya tengo mil cosas para decir.
Primero lo primero: el viaje fue tedioso, como todo viaje largo. Por lo menos viajamos con los Teen Angels, y sabíamos que Dios jamás permitiría que se pierdan tamaños talentos, así que la travesía pasó sin miedo a las turbulencias. La espera en Barajas fue densa, pero por suerte nos tocó un avión con un montón de gallleguitos que se ve que iban de viaje de egresados a Roma, y la pasamos re bien (un detector de sarcasmo! qué útil!)

Llegamos a Fiumicino y le escapamos a la policía aeroportuaria. Entramos sin ninguna consulta, como si fuéramos tanos. Nos tomamos un micro muy simpático que salió 8 euros cada uno y en menos de 40 minutos estábamos en Plaza Cavour a unas cuadras del hotel. Dimos muchas vueltas con las pesadas valijas (debo confesar que mi valija pesa mil kilos) y llegamos al Hotel Adriatic, ubicado a unos pasos del Castel Sant Angelo y de la Ciudad del Vaticano.
El hotel resultó ser muy cómodo y agradable. La habitación tiene vista a la calle y tenemos tele y wi fi.
Después salimos a caminar un rato. Juan quería mostrarme un par de lugares de los cuales me di cuenta, que está enamorado... Fuimos primero por la zona del Puente que corta el Tíber y que da a Sant Angelo. Después fuimos a la Plaza del Vaticano. No pudimos evitar entrar a la Catedral de San Pedro. Yo creo que todavía no acostumbré mis ojos a las cosas que tiene Roma. Miraba todo y no podía decir una palabra. Después de una breve recorrida, comimos una golosina, sentados al pie del obelisco de la plaza y nos mandamos a meternos entre las pequeñas callecitas romanas.
Ahí creo que encontré lo primero que buscaba en Roma. Esa cosa de barrio, de lugar cálido, y a la vez con una cultura que te aplasta. Encontramos un paseo de negocios de restauración y arte. En ese trayecto, no pude dejar de pensar en las cosas que hacía mamá con Coky. Creo que por primera vez encontré de dónde viene su manera de ver el arte. Todo era tan familiar!

Terminamos yendo a PLaza Navona, a Campo dei Fiori, al Campidoglio, al Altar de la Patria y al Panteón. Comimos velozmente unas bruschettas y una pizza margherita y terminamos agotados.

Ahora estoy solita en la terraza del hotel. Juan se volvió a la habitación porque acá está haciendo frío.
Y como yo tampoco soy de piedra... me parece que me mando a descansar también. Les juro que me siento como los Flanders. Cuando nos sentamos a comer, no eran ni las 20hs.
En fin... mañana espera un día largo. Espero que Juan tenga ganas de escribir.

domingo, 13 de marzo de 2011

NO TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA


Si al llegar, Roma te sorprende con una tarde lluviosa, tomalo como un buen augurio; comprá un paragua multicolor y caminá sin apuro hasta Piazza Navona, para ver cómo se apuran los artistas mientras guardan sus cuadros, o esperá, sentado y seco en Piazza Spagna, hasta que alguna tana con facha de modelo se precipite escaleras abajo.
Sacá a relucir tus codos y atravesá la masa de orientales que habita en la Fontana di Trevi, parapetate en el borde mismo de la fuente pero no tirés una moneda, aún cuando ellos, los dueños del mundo, arrojen sus yenes para sentir que van a volver a Roma.
Visitá cuanto puedas pero dejá algo por hacer. Cerrá los ojos si es necesario; no veas eso último que querías ver. Dáte media vuelta, ofrecele la espalda a tu curiosidad, y marchate con el corazón hermosamente triste. Sólo vuelven a Roma los que no han visto todo, los que no han hecho todo.
La Capilla Sixtina seguirá siendo, para mí, uno de esos lugares imprescindibles de Roma de los que, deliberadamente, he prescindido.

domingo, 6 de abril de 2008

LA MALDICIÓN DEL PARAGUAS


Los días de lluvia son especiales en Roma.
Cuando comienzan a caer las primeras gotas, la fisonomía de sus calles cambia con asombrosa velocidad.
Los cientos de morenos que ofrecen carteras y camperas de cueros en las veredas, levantan sus mantas del piso y se esfuman bajo el agua. Y sin que uno advierta cómo o de dónde, aparecen en todas las esquinas orientales con pilotos y paraguas de todos los tipos y colores.
Una lluvia así me sorprendió una mañana en Piazza Venezia.
- Umbrella, four euros -, me ofreció por la espalda un hombre de ojos rasgados y peor inglés que el mío.
Le contraoferté dos, y por dos euros con cincuenta centavos lo llevé.
El paraguas me acompañó durante veinte días por toda Europa. En ese tiempo, llovió una sola vez.
Ya en Barcelona, a punto de partir rumbo a Madrid, decidí dejar el paraguas romano en el cuarto del hotel. Ya estaba cansado de llevarlo de aquí para allá sin beneficio alguno.
En Madrid llovió los siguientes tres días.
Los días de lluvia, sin paraguas, son especiales en cualquier ciudad.

miércoles, 2 de abril de 2008

ROSCA Y CIRCO




Cuarto y último día en Roma. La ciudad ya me había ofrecido cuanto tenía, por lo que decidí caminar a la deriva por calles que aun no había recorrido.
Garuaba mientras recorría la parte menos interesante de Roma. Era domingo para colmo, y cuando daba con algún templo antiguo, el lugar estaba vacío o cerrado. No había motivos para enojarme, igualmente: estaba en Roma, y Roma era, para mí, un puente tendido entre mi temprana adultez y el misterio de los emperadores y los gladiadores.
Después de decepcionarme con "Las ruinas de Nerón", donde no había mas que un par de ladrillos chamuscados, tomé por una calle en ascenso que bordeaba el Foro Romano. Allí di con el espectáculo más familiar en el lugar más sorprendente: un picado frente al mismísimo Coliseo.
Me senté sobre una baranda que hacia las veces de tribuna. Decenas de personas miraban el partido. Un equipo parecía compuesto por coreanos; el otro, me juego la piel, por peruanos.
El único atractivo que presentaba el partido en sí era la pierna fuerte con la que se jugaba. El resto, nada que no pudiera verse en un potrero de Argentina. La cancha embarrada tampoco ayudaba al buen juego.
El fútbol, sin embargo, parecía ser algo accesorio para la gente que pasaba allí la tarde. Era una excusa para una reunión, pero no cualquier reunión: una reunión de inmigrantes.
Cada tanto, desde los autos estacionados, llegaba alguna cumbia, algún vallenato, y también, alguna melodía que jamás había oído. Allí se hablaban mil lenguas, como antaño en el Imperio Romano: cientos de pueblos bajo la misma ala.
Y allí estaba yo, en esa improvisada Babel que seducía con sus variadas músicas y sabores, pero que al mismo tiempo, resultaba inquietante, pues junto con la pelota, corría también el vino y la cerveza, especialmente detrás de uno de los arcos, donde había instalada una suerte de feria de comida y bebida.
Cada vez mas, el Coliseo me parecía un testigo mudo de este nuevo circo montado alrededor de la pelota, en el que los jugadores, gladiadores modernos, no conseguían ni entretener a un turista curioso como este cronista.
El partido terminó sin goles. Aun llovía. Los jugadores se dispersaron. Yo me preparé para volver al hotel, hasta que de pronto, en la feria, se armó una acalorada discusión entre los jugadores coreanos. La cosa fue subiendo de tono hasta que se desató la gran rosca entre los de camiseta naranja. La pelea, que pronto se trasladó al barro de la cancha de fútbol, pasó a ser el centro de atención de todas las miradas.
Para ser sinceros, los diez o doce coreanos peleando a patada limpia fue lo más parecido a una lucha de gladiadores que vi en toda Roma. Y eso que, días atrás, un ropero vestido con túnica y casco me había guiado por el Coliseo.
Cuando la gresca amenazaba con extenderse a otras colectividades, me mandé mudar cantando bajito. No fuera cosa de ligarla, sólo por portación de cara.