
Nos metimos como quien-no-quiere-la-cosa.
La ciudad de Fito nos había recibido con un frío terrible.
Las rejas terminaban en una puerta que, abierta de par en par, parecía invitar a inmiscuirse.
Por un lado sabíamos que no era ninguna hazaña. El Cronista ya había estado ahí, pero yo nunca. Me sentía como en una misión secreta.
El Club rojinegro parecía algo pequeño comparado con la enormidad de su estadio.
Definitivamente me gustaba más que el de Arroyito. El Parque Independencia parecía abrazarlo en su verdor.
Con mucha cautela y casi en puntitas de pié, nos metimos al estadio. La popular vacía y los muchachos que cuidaban el césped no lograron detener nuestra imaginación.
Agarrados del paravalanchas saltamos, arengamos y gritamos como un leproso más.
El cronista no se privó de colgarse del alambrado.
La popular de Newell’s rezaba: “La hinchada que nunca abandona”, en alusión a un hecho vergonzoso protagonizado por sus propios jugadores. Nosotros nos creíamos hinchas y corríamos por las gradas.
La ciudad de Fito nos había recibido con un frío terrible.
Las rejas terminaban en una puerta que, abierta de par en par, parecía invitar a inmiscuirse.
Por un lado sabíamos que no era ninguna hazaña. El Cronista ya había estado ahí, pero yo nunca. Me sentía como en una misión secreta.
El Club rojinegro parecía algo pequeño comparado con la enormidad de su estadio.
Definitivamente me gustaba más que el de Arroyito. El Parque Independencia parecía abrazarlo en su verdor.
Con mucha cautela y casi en puntitas de pié, nos metimos al estadio. La popular vacía y los muchachos que cuidaban el césped no lograron detener nuestra imaginación.
Agarrados del paravalanchas saltamos, arengamos y gritamos como un leproso más.
El cronista no se privó de colgarse del alambrado.
La popular de Newell’s rezaba: “La hinchada que nunca abandona”, en alusión a un hecho vergonzoso protagonizado por sus propios jugadores. Nosotros nos creíamos hinchas y corríamos por las gradas.

Luego de cansarnos de la actuación, decidimos incursionar en el campo de juego…
Pero la suerte no fue la misma, y terminamos mirando a través de las pequeñas rejitas de la platea.
A partir de ese día, y en un claro mal uso de nuestra lengua, nos bautizamos “Los Irrumpidores”.
Luego continuamos nuestras entradas cuasi-clandestinas a los estadios, pero en Mendoza…
La Cronista