jueves, 4 de septiembre de 2008

«SIEMPRE PODRÉ ORIENTARME POR EL RESPLANDOR DE LA HABANA»

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"Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el articulo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer."
Ernest Hemingway, "El viejo y el mar".

miércoles, 6 de agosto de 2008

TRÓPICO DE CÁNCER


Ciudad de Panamá.
Anochece.
El Abuelo - que en ese momento aun no era abuelo - se acerca a la barra del hotel y ordena una gaseosa. Está algo cansado, entre el calor del trópico y las reuniones de trabajo.
El barman le prepara un vaso. El Abuelo espera en silencio, hasta que un hombre que bebe también en la barra le pregunta:
- ¿Argentino?
- Sí -, contesta El Abuelo.
El hombre lo mira y, con aire misterioso, agrega:
- Tenga cuidado: en pocos meses, va a haber mucho lío allá.
El Abuelo, nunca dado a grandes conversaciones, se despide con su vaso de gaseosa.
Corría el año 1974 y Juan D. Perón intentaba, por tercera vez, pacificar la Argentina.

viernes, 25 de julio de 2008

ASIMETRÍA





Muchas veces oímos decir que los europeos buscan a los sudamericanos para que ocupen los trabajos que los nativos no quieren realizar.
Y así parece que los sudakas que migran son como un parche que viene a completar un mercado laboral incompleto. Pero al final resulta que los inmigrantes son mas que eso: porque las grandes ciudades del mundo están hechas con retazos de inmigrantes, con voces y culturas diferentes.
Pienso ahora en Madrid, la ciudad más argentina que conozco, a excepción de todas las ciudades argentinas.
Cuando uno camina por Madrid ve las huellas de los argentinos por doquier.
Y resulta que el mozo que atiende en la cafetería es de Banfield; que en una calle centríca hay un afiche que homenajea al Carpo Napolitano, a pocos meses de su huida; que todos los locutorios ofrecen descuentos para llamar a Buenos Aires; que un parque inmenso al oeste de la ciudad se llame Eva Perón y la avenida que cruza el Santiago Bernabeú lleve el nombre de Juan Domingo Perón; o que, al observar la marquesina de un teatro, se anuncia el estreno de "El penal mas largo del mundo", del Gordo Soriano.
Y uno hasta empieza a confundir las cosas, y ve el metro de Callao sobre la Gran Vía y le cuesta un rato asimilar que primero estuvo allí para sí después estar sobre calle Corrientes. Lo mismo con los edificios cuadrados y despintados, llenos de balcones y rejas algo oxidadas.
Pero en esta mixtura hay cosas que son exclusivas de Madrid.
La mas madrileña de ellas pude apreciarla en el Paseo del Retiro, un parque al estilo Bosques de Palermo (¿o era al revés?).
Estaba lleno de gente. Frente al lago, escuché una música familiar. Me acercqué. Había un muchacho cantando canciones de Silvio y Sabina. Sin siquiera pensarlo, supe que era argentino. Le pedí una de Baglietto, porque él se parecía bastante a Baglietto: hasta usaba una de esas gorritas de cuero para disimular la pelada. Y cantó "Mirtha, de regreso", y después se despachó con "El tempano", pero no llegó a terminarla, porque llegó la Policía con sus exigencias de documentos. El público huyó enseguida, seguro también sudakas sin papales, como el pobre cantante que probó la especialidad de la casa, hospitalidad a la madrileña, mientras subía al patrullero por las buenas.

miércoles, 2 de julio de 2008

LA LLUVIA Y LAS CIUDADES

“Llora en mi corazón/ Como llueve sobre la ciudad”
Paul Verlaine

No llueve de la misma forma en nuestra ciudad que en otras que visitamos.
En nuestra ciudad, llueve cuando vamos de casa al trabajo, cuando salimos al mediodía para almorzar o volvemos cansados al hogar.
Llueve de a ratos, llueve cuando estamos bajo la lluvia.
En otras ciudades que visitamos, llueve cuando paseamos por sus calles, y llueve también en el hotel, cuando espiamos los edificios de enfrente desde la ventana.
Llueve, y su lluvia nos resulta ajena, inhóspita.
La lluvia es más lluvia cuando se está sin rumbo fijo y sin tiempo.

jueves, 12 de junio de 2008

CONVERSACIONES I


Cuando uno tiene prejuicios para con la cultura de un país, corre el riesgo de toparse con oriundos de ese lugar y pensar que son un estúpidos antes siquiera de hablar.
Sin embargo, en mi experiencia personal, cada vez que hablé con un yanqui no hizo mas que reafirmar todos mis prejuicios.
Debajo, pequeñas viñetas que ilustran la tristeza de pensamiento del yanqui promedio.

1) Un cuasi-marine, con su pelo rapado y su musculosa, en Roma, acompañado por un israelí.
- Where are you from? -, le pregunto.
- America.
- I´m from America too.
- Oh! Which state?
- Buenos Aires.
El yanqui pone cara de sorpresa. El israelí se ríe:
- Argentina is part of America too.


2) También en Roma, con la hija de un exiliado cubano que hablaba un aceptable español:
- En Cuba, no permite que la gente salga de Cuba.
- Es cierto. Pero en otros países, mucha gente tampoco puede salir. Se necesita mucho dinero para viajar.
- Es que no hay libertad, ¿entiendes? Casi no tienen televisión. No pueden ver lo que quieren.
En vano intenté decirle que la televisión de Estados Unidos tampoco había mostrado los muertos de Irak. En vano, porque ella tenía un argumento poderosísimo:
- No pueden ver The Simpson.


3) Una chica, de la que afortunadamente sólo recuerdo que era rubia y que fue en Venecia.
- Where´re you from?
- Argentina.
- Oh! Cull. And where are you studying?
- In UBA -, silencio, y explicación: - Universidad de Buenos Aires.
- Oh! Cull. What are you studying?
- Literature -, le mentí.
- Ah.
- You don´t like literature, do you?
- No. I don´t like because they tell stories that never happens, thing that are not truth.
- And what are you studying?
Ni me acuerdo cuál era el nombre técnico de su carrera pero, traducción mediante, digamos que la yanqui estudiaba administración de empresas. Sí, me acuerdo qué dijo sobre su carrera:
- It´s a very useful career.
- And a little bit boring.
- No. Is so cull… all things you can do with numbers!
Me hubiese gustado explicarle que si las historias no son verdad, los números tampoco. Pero claro, el pensamiento metafísico no es algo que estuviera en su horizonte de pensamiento funcionalista.

miércoles, 4 de junio de 2008

PARÍS-BARCELONA. PARTE II: EL JAPONÉS Y EL CATALÁN


Siempre me costó trabajo distinguir físicamente un japonés de un chino o de un coreano. A pesar de ello, diría que aquel hombrecito que entró al camarote esa noche en Gare d´Austerlitz era japonés.
El tren aun no había arrancado. Yo estaba charlando con el J., el ghanés, cuando la puerta se abrió y el japonés apareció, con sus cuarenta y tantos encima, y un traje elegante pero desalineado.
Nos miró. Lo miramos. Todos en silencio, como adivinándonos. Pero de los tres, él estaba más perdido.
Dejó sus cosas en una de las literas inferiores, debajo de la mía, y se sentó. Balbuceó algo, o quizás fue claro en sus palabras, pero yo no supe entenderlo. Se levantó, dio dos pasos hasta la ventana, miró la noche de la estación, con los hombres corriendo por los andenes y las valijas persiguiéndolos como perros falderos. Estaba algo transpirado.
Dio media vuelta, agarró las cosas que había dejado en la litera y se las tomó.
- I don´t know what was with him -, me dijo J., cuando lo miré buscando una respuesta.
- Why isn´t he travelling with his wife? -, le pregunté.
- Maybe cultural issues? -, respondió con una pregunta socarrona, y sonrío.
Lo cierto es que fue el primer y único japonés despeinado que vi en mi vida.

Al rato volvió. Se sentó en la litera y revolvió su bolso.
- No passport -, empezó a decir.
J. intentó hablar con él:
- Don’t you have any visa or…?
- No passport -, repitió el japonés.
La puerta del camarote se volvió a abrir. Era el cuarto pasajero: un hombre de unos cincuenta años, barba canosa y abrigado de más.
- Buenas noches -, se presentó.
Luego sabríamos de él que era catalán y que vivía en un pueblo costero a unos cuarenta minutos de Barcelona.
Más gente cayó al baile. Esta vez, un policía francés que, en inglés, nos pidió nuestros tickets. El único que no entregó el suyo fue el japonés:
- Wife. Wife -, comenzó a repetir.
El policía se mostró paciente, pero cuando el japonés salió disparado del camarote debió ir tras él. De tan apurado, el japonés había dejado todo en la litera.
Luego, otro oficial pasó a retirar los pasaportes. Sus modales no eran tan amables como los del primero.
- “Mierda. Debe querer prender fuego el camarote” – pensé, mientras le entregábamos la documentación -. “Acá hay un sudaka, un negro y un separatista, mas el ponja que vaya Dios a saber dónde está”.
Al instante, dos pensamientos rectificaron esa idea xenófoba que había tenido: uno, que Francia es la tierra de la "libertad, igualdad y fraternidad", y por ende, somos todos hermanos; dos, que el tren se iba de Francia, y "el problema es de ahí en más de los gallegos".

Nunca supimos cómo, pero el japonés regresó.
Estábamos todos acostados cuando la luz se encendió. El japonés se acomodó y pronto la apagó. El traqueteó del tren y el silencio de la campiña francesa mecieron mi cuna, y dormí como niño por un par de horas.
Entre sueños, algo sucedió, creo que al llegar a la frontera entre Francia y España, o al menos eso fue lo que mi mente, en su letargo, pudo percibir.
Todo sucedió como en una película: la luna escondida en la oscuridad del camarote, el silencio entrecortado por el ronroneo del tren en los durmientes, una puerta que se abre, dos policías fronterizos que entran, la luz de la estación que ilumina sus rostros, y mis ojos que se abren y ven cómo los dos policías levantan al japonés por el aire turbio del camarote, y se lo llevan al olvido de una celda, dejando por el pasillo el eco de su única y dudosa defensa:
- No passport. My wife. No passport…
Bien temprano, sorprendí al sol desperezándose entre los montes.
En el pasillo del tren, charlabamos con el ghanés y el catalán. Charlábamos del japonés y de las costumbres de cada rincón del planeta, mientras el sol nos estiraba sus brazos a través de las ventanas. Y allí estábamos, acercándonos a Barcelona como palomas blancas dispuestas a anidar, por unos días a lo sumo, en cualquier recoveco de la Sagrada Familia.
La cuarta paloma, la única que realmente estaba migrando, ya no estaba en el nido.

jueves, 29 de mayo de 2008

CONTRASTE II: LA HABANA



La división social del espacio urbano según el recorrido turístico.

Arriba, La Habana Vieja para los extranjeros, con sus coloridos edificios coloniales y callecitas empedradas.
Abajo, La Habana Vieja de los cubanos, con sus fachadas derruidas y el agua estancada en los adoquines.